Diana, vive la vida

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La escalera


Pensó que hoy era el día de ir a ver a Diana, su novia, y decirle que por fin se había decidido.

Estaba muy nervioso, se dio una ducha, abrió el placard, miró sus pantalones y el que estaba mejor planchado era el blanco, se puso una camisa celeste de rayas grises, las zapatillas negras y un poco de perfume. Siete cuadras lo separaban de la casa de ella.

El sol estaba a pleno. Iba caminando, su paso era rápido, saludó al kiosquero mientras tarareaba la canción color esperanza.

Inspiraba y expiraba sonriente. Vio a la tía Ester, él quería pasar desapercibido porque sabía que era muy pesada y que lo iba a entretener mucho tiempo. Qué le digo para zafar.

_ Hola mi amor, a dónde vas tan elegante, dijo la tía y le sacó la camisa de adentro del pantalón cuando lo abrazó.

- Disculpame tía, pero voy a una reunión de trabajo, la saludó con un besito sin acercarse mucho.

El sol se iba corriendo y cada vez estaba más bajo, el cielo naranja se podía ver a lo lejos. Él quería llegar, sólo faltaban dos cuadras.

Al llegar a la esquina vio el puesto de flores y pensó que unos jazmines podrían perfumar el momento.

Cuando sacó la billetera se dio cuenta que su querida tía le había desarreglado la ropa y mientras le envolvían el ramo se acomodó la camisa.

Cruzó la calle casi sin mirar y una moto frenó antes de pisarle los cayos y el motoquero le gritó de todo menos lindo. Juan estaba tan feliz que ni se enteró. Pensaba, se lo digo a penas abre la puerta, mejor espero a que sirva el café, o la invito al bar de la esquina.

Ya faltaba sólo una cuadra, los nervios empezaron a molestarlo.

Bajó la velocidad, ya veía desde lejos el balcón del departamento de ella.

Tocó el timbre, ella le abrió desde el portero eléctrico y él subió por las escaleras corriendo. Diana abrió la puerta y él le pidió un vaso de agua.

Le dio las flores y se sentaron en el living uno al lado del otro. Ella lo miró a los ojos ilusionada esperando la noticia que iba a darle. Él la tomó de las manos.

_ Después de mucho pensarlo quiero compartirlo con vos, adopté el perro.

¿ SI ?

   

El viernes era el aniversario de aquel día, hace 20 años, que se juraron estar juntos para toda la vida. Héctor sale cada mañana a su trabajo después de compartir la noche con Diana y varias veces al despertarse y desvelarse la mira con ternura, reconociéndola, recordando.

Años atrás si alguno se desvelaba era un buen momento para hacer el amor, ahora se pregunta si aún es amor, no tiene respuesta absoluta.

Diana es la encargada de hacer las tostadas y de servir el café todos estos años y poner el maletín cerca de la puerta para que él no se lo olvide. Durante el desayuno ella comentó que le gustaría festejar este aniversario a solas con él.

Héctor la miró asombrado ya que siempre esperó que él organizara, viajes, vacaciones, compra de muebles. Héctor no supo qué responder y rápidamente para salir del tema, lo vemos, dijo.

En la oficina mientras Héctor esperaba a un cliente, su secretaria le trajo un café.

_ ¿usted es casada?

_ Si señor hace ya 15 años y tengo dos hijos.

¿Por qué señor?

- ¿Sigue enamorada de él como antes?

Ella no sabía qué responder, estaba asombrada e incómoda porque no tenía noción a dónde quería llegar su jefe.

_ Disculpé si la incomodé, sólo pensamientos, gracias por el café.

Héctor se sentía raro, sabía que quería otra cosa, pero aún no sabía qué exactamente, terminó su reunión y salió a caminar, sus pensamientos bailaban en la cabeza, querré una mujer más joven, quiero vivir solo, quiero volver a los 20, nada tenía respuesta sólo que en dos días era su aniversario y Diana no era la responsable de sus dudas pero no sabía qué festejar.

Llegó el viernes. Mientras desayunaban Héctor le decía que a las diez de la noche tenía reservado un lugar para comer solos, Diana se emocionó, lo abrazó mientras le decía al oído, te quiero como el primer día, lo acariciaba, él apenas pudo abrazarla.

Se compró un vestido nuevo escotado, sin mangas de color pastel por debajo de la rodilla y bien ceñido al cuerpo con su cintura pequeña y sus cabellos cayendo sobre los hombros, salió del baño, él asombrado sintió que estaba viendo a otra mujer, subieron al auto, llegaron al hotel.

El mozo que ya los conocía los acercó a la mesa donde ya había una botella de champagne, pidieron de entrada unas rabas, mientras Héctor estaba distraído mirando el menú, Diana sacó una cajita, la colocó cerca de la copa de él.

Descolocado por la actitud, abrió y había dos anillos, la miró.

- ¿Si ? , dijo ella.

El escritorio de Isabel


Como cada día, llega y se sienta detrás del escritorio y haciendo que trabaja desordena los papeles, apila algunas carpetas y así tapa la visión de los otros.

Saca el celular y sigue chateando, está muy entusiasmada, no sabe quién es él, pero la charla es atractiva. La foto de ambos en el celular es borrosa.

Ella le cuenta que se llama Isabel y que hace muchos años que está divorciada, sus hijos son grandes y que a pesar de ser una cincuentona se mantiene muy bien. Pedro se presenta y le cuenta que su hobbie son las motos.

A cada instante ella mira por encima de las carpetas que su jefe no la descubra. Después de un largo rato de chatear ella le confiesa que está en el trabajo. Él sorprendido por la hora le dice que tiene que arrancar el día. La invita a tomar un café a la salida del trabajo y acuerdan conocerse en Callao y Corrientes. Baja las carpetas y como cada día empieza a cargar los datos en la computadora.

José, su jefe, sale de la oficina, saluda a los empleados como es su costumbre y se acerca a Isabel.

-Siempre pensé que te llamabas Diana, le murmura.

Un extraño momento

Diana sale de su casa aturdida por los llantos y gritos de sus hijos. Llega temprano a la escuela para relajarse y disfrutar un café en silencio, cuelga la cartera del gancho de su escritorio y el tapado en el perchero.

Los adolescentes con caras de cansados y más ganas de estar en la calle que en clase, se sorprenden al llegar. Los bancos están dispuestos en semicírculo. No saben dónde ubicarse, ninguno quiere estar cerca de Diana para poder jugar con el celular, hoy es imposible.

Diana les cuenta una historia que ellos después deben recrear y utilizar la imaginación para armar un cuento.

Juan se mueve inquieto en la silla, se apantalla con una hoja, María que está cerca le murmura rascándose la nariz.

Un aroma raro comienza a sentirse, no es perfume exactamente. Diana interrumpe la narración y mira a los chicos a los ojos, algo sucede, les pregunta si alguno se siente mal.

-Che alguien se hizo encima o se le escapó algo, grita Juan. Diana no sabe si reírse o sacarlo del aula y le pide que cuide el vocabulario.

Las ventanas están abiertas, los ventiladores giran y el olor da vueltas. Diana les pide que se fijen en los bancos o en los zapatos. Silvina se para cerca del escritorio de la maestra.

-Profe el olor es de su cartera, le dice, apretando su nariz.

Diana enrojece, abre el cierre, la caca del pañal de su hijo está entre su maquillaje y los billetes.


Cae la tarde

                                                                                                                        Recuerdo de Grecia


La gente sentada se empuja para sacar la foto del cielo naranja cuando el mar se come al sol. Es una de esas tardes en que se ensancha el pecho mientras miras tirada en la arena como las estrellas comienzan a iluminar.

Poco a poco, el lugar se despeja y la playa queda casi desierta, la espuma de las olas dibuja en la orilla pequeños cerros. Diana no duda, se descalza y con su mochila al hombro recorre la playa jugueteando con el agua. La luna alumbra su andar. Un verano caluroso, sólo ahí se respira un poco más fresco.

Mira a su alrededor, nadie a la vista, se saca la ropa y con su tanga entra al mar, esa inmensidad es toda suya, se siente libre. Nada mar adentro y con el impulso de las olas vuelve.

Cada tanto se para y sacude su cabello. Piensa, una vez más y me voy a cenar. Se tira saltando debajo de una ola muy alta y ahí choca con él.

Los dos desnudos, los dos mojados, el asombro no entra en sus cuerpos. Se abrazan y salen corriendo.

Los hermanos. Se reencuentran.

Golosa



En cualquier momento crecerán telas arañas, piensa. Diana hace tiempo que tiene ganas de conocer a un hombre. De salir sola o con su amiga ya siente el vacío de las caricias, los mimos y el sexo.

En el trabajo no quiere comprometer a nadie y menos a ella misma pero el deseo puede más y empieza a mirar a los hombres de otro modo. Al llegar al hospital se pone el delantal sobre la ropa interior y casi como en un susurro comparte con algún colega sus casos. Su actitud llama la atención de algunos médicos que no dudan en seguirla en su provocación.

Diana es atractiva, de cintura pequeña y se operó los pechos para lucirlos con sus remeras al cuerpo, le gusta maquillarse y se pasea con sus tacos por los pasillos sin dejar de mirar a los que pasan a su lado. Juan, un enfermero, le trajo un chocolate y se lo dejó en su escritorio con una notita. Ella ve un papel plateado y sorprendida lee la propuesta.

El día es distinto, tiene que decidir si acepta o no, el dilema le gira en la cabeza como mapamundi, ni siquiera sabe a ciencia cierta quien es Juan, pero sus hormonas necesitan acción y hay que empezar por algo. Busca a Juan y le confirma que acepta su invitación, que a las diez de la noche estará en su casa.

De él no conoce nada, que no es casado dada la invitación.

Vuelve a su casa, se baña le cuenta al espejo, hoy es mi gran noche, hace tanto que espero este momento. Un hermoso vestido rojo escotado, cabello recogido, zapatos al tono, maquillada tenuemente. Llama un taxi, se pone un saco negro y ya su mente vuela. Ella sonríe sola.

Llega a un edifico moderno, el señor de seguridad la deja entrar y ahí está él. Pantalón blanco, remera violeta y un pañuelo al cuello. Se huele a jazmines, la invita con una copa, y salen al balcón. A los pocos minutos aparece Pedro vestido casi igual a Juan. Ella no entiende qué pasa, la sonrisa se borra de su cara, el ceño fruncido y una mirada fulminante a los ojos de Juan piden explicación.

-Desde que nos casamos nunca estuvimos con una mujer y te elegimos a vos.


Otra vez,ella


José llega a la playa con su libro. Siempre lee sobre los mismos temas, sobre el poder o sobre cómo manejar gente. Su reposera mira al mar, su cuerpo se ve brilloso por la crema protectora de sol y tiene cabello entrecano peinado con gel.

Diana llega cargada con su sombrilla y su bolso. Su capelina plateada le cubre la cabeza y sus anteojos al tono. Entierra el palo de la sombrilla a unos pasos de José a quien ya había visto. Busca su crema y parada frente a su reposera se masajea los brazos, el cuello y lo mira de reojo. Pone una pierna sobre el apoya brazos y bamboleando su cintura frota sus piernas de arriba hacia abajo. Saca su celular, escucha música y canta las canciones. José inmutable.

Al mediodía el calor agobia y el mar se ve atractivo. Diana se acerca a José, se inclina un poco sobre él y le pide que le cuide el bolso, él acepta. Ella corre a nadar. Comienza a acercarse a la orilla cuando una ola la tira. Cae sobre él.

José la ve.

DO RE MI......

Diana hace varios años que vive sola y siente que es el momento de encontrarse con un hombre.

Deja sus datos en una página de internet y así comienza su búsqueda. Cada vez que tiene un tiempo libre se

dedica a conversar con alguien, siente que nadie cumple con sus expectativas, a cada uno le encuentra algún defecto.

Después de hablar con tantos hombres no entiende por qué no lo logra.

Mientras aclara su mente se anota en un taller de canto para no sentirse tan sola.

Rápidamente conoce a los compañeros, salen a cenar después de la clase. Se hace muy amiga de Juana, quien también está viviendo sola.

La relación entre ellas crece. Se ven los fines de semana comparten alguna obra de teatro, caminatas, cenas, ambas se sienten cómodas y parece que se conocen de toda la vida.

Una de esas tantas noches que se encuentran a cenar, en la casa de Diana, comparten una película mientras toman café con una rica torta. Al finalizar la película ambas se sientan enfrentadas en el sillón de dos cuerpos para comentarla, se miran a los ojos y sonríen, es una sonrisa nerviosa, Juana se rasca la nariz y Diana con la pierna que tiene apoyada en el piso juega a estirar y contraer, algo se siente en el aire. Diana le propone otra vuelta de café y en la cocina Juana se acerca y la abraza, Diana le devuelve el abrazo y se besan con timidez.

Sin darse cuenta los hechos se suceden. Los cuerpos se separan, fue el empujón de Diana. Juana vuelve al sillón y Diana lleva los cafés. El silencio las abruma.

-Me voy a casa, pide un servicio de taxi, el auto lo arreglo mañana, dice Juana.

Diana se para y le confiesa que está muy asustada por lo que pasa, pero no quiere que se vaya. Juana no se resiste y así comienza esta historia de amor.  

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