Relatos
La hoja en blanco
La hoja en blanco me mira. Un domingo de los últimos días de primavera, el sol calienta cada vez más. Camino hasta el parque, busco la sombra para que la piel no enrojezca antes de tiempo. Ahí aparecen los árboles altos con sus brillosas hojas verdes que no se mecen.
La gente camina entre los puestos de la feria. Desde el bar, frente a la mesa despintada, sentada sobre una silla playera de lona, miro. A lo lejos se escucha música y el ruido de los colectivos. La hoja está en blanco y en mi cabeza muchas historias por contar.
Pasa él como antes, se lo ve avejentado. Su mochila colgada con la solapa que cae muestra los deshechos que junta. Con la cerveza en la mano, habla, se acerca a la gente y da un discurso, no modula. Levanta su dedo índice para hacerlo más vehemente. Nadie lo mira, nadie reacciona, se detiene entre las mesas para ser visto y dice
"Ustedes no me creen piensan que estoy borracho, si, es verdad, por eso puedo decirles todo esto y se lo que va a pasar. Repitiendo va a pasar" se aleja adentrándose en el parque.
Por esta vidriera, el desfile es incesante. Ellas, con sus calzas al cuerpo y sus botellitas de agua, otras con el celular hablando, una pareja más grande, otra más joven, un nene que llora empacado.
Cada uno en su historia pinta el cuadro de su vida.
La hoja sigue en blanco.Un dia cualquiera
Santa trabaja en la recepción de afiliados de una obra social. El trajecito, pantalón azul camisa blanca y Blazer azul, solo no están en la silla colgados las semanas de vacaciones. Sale con su coche cuando en invierno todavía está oscuro. Ve que en los colectivos no entra ni un alfiler y se dan calor unos a otros, y don Jorge, el del bar, arma las mesas. Mientras la detiene el semáforo se maquilla y conecta el celular al bluetooth para que la música la acompañe.
Ella era la esperanza de su madre cuando comenzó a estudiar psicología. Conoció a Pedro, compañero de catedra, y cuando lo presento a su familia, fue el adorado padre el que la hostigo para que lo dejara.
El padre de Pedro era mecánico de autos, la mamá, maestra y la hermana, manicura. Santa lloro mucho y dejo la facultad. No estudio más y con el tiempo logro irse de su casa.
Cuando llega a la oficina ese viernes a la mañana, encuentra una nota sobre el escritorio envuelta en su chocolate preferido. "Saca las entradas para mañana. Beso."
No entraba en ella la alegría, con sus hoyuelos marcados en los cachetes rojos por la calefacción del lugar. Mientras atiende a la gente, compra las entradas.
Nadie la ve, nadie le pregunta nada. Cada uno en su mundo, cada uno en su hoy. Cuando sale de la oficina, se compra una máscara facial. Su piel es aún joven, sin arrugas, pero ella necesita verse mejor.
El sueño no llega, la adrenalina supera al cansancio. Pone música de cuencos para meditar y relaja. Despierta casi al medio día.
Su mayor ingesta fue un café con leche con tostadas. Nada más pasa por esa garganta.
Se mira en el espejo, una, otra vez mientras se viste, un mensaje llega a su celular.
Hoy es mañana, el mañana de vernos, el de la luz apagada en el teatro y agarrarte la mano y darnos el primer beso, hoy no es cualquier mañana, hoy era el día del abrazo, de sentirte cerca, de saber que sos real y que me pasa a mí.
Pensó en todas las veces que había sido dejada de lado, en todas las promesas rotas, en todos los "mañanas" que nunca llegaron. Recordó a Pedro, cuando su padre le decía vas a entender cuando crezcas, y las veces en la escuela cuando sus amigas le aseguraban que "mañana" sería mejor. Durante toda su vida, todo lo mejor iba a suceder mañana. Mañana se resolverían los problemas. Mañana encontraría la felicidad.
Así como estaba vestida salió a la calle, llorando, caminaba sin ver, sin mirar, solo pensaba una vez mas no hay mañana certero, lo único que sé es que si no vivo más no habrá más mañana, mientras un auto frena rozándola. Cae al asfalto. El hombre que maneja, baja, le grita.
Ella lo mira sin poder moverse.
Balbucea mientras no siente más que el frio.
Hoy es sábado, pero no cualquier sábado. Hoy ya es mañana.

Salvador
Ana vivía en una casa muy antigua de techos altos y varias habitaciones. Las puertas crujían cuando las abrían, pero Ana nunca podía entrar.
Sus días pasaban en el parque que rodeaba la casa con hermosos limoneros y naranjales, su perro Salvador la seguía a todos lados y cuando ella se trepaba a sacar alguna fruta él se paraba debajo y más de una vez ella caía sobre su lomo cual caballo.
Sentada a la sombra bajo el rosal imaginaba que podía haber en las piezas cerradas. Los juguetes que no tenía, un taller secreto de nuevos inventos. Otras veces imaginaba que había alguna biblioteca donde las hojas volaban solas. Sigilosa entraba y ponía la oreja pegada a las puertas nada se escuchaba, Salvador con la cabeza gacha la seguía.
Él era su único amigo, un labrador de pelo claro, jugaban a correr la pelota y juntos se tiraban en el pasto a ver el atardecer. Salvador nunca ladraba se entendían con las miradas.
Después de una gran tormenta salieron a juntar hojas y pisaban aun el pasto mojado, el pie de Anita quedaba como huella, se hundía y el barro le llegaba a las rodillas. Al sacar el pie cerca del limonero sintió que algo la pinchaba, sacudió la tierra y una vieja llave oxidada había quedado pegada en su dedo gordo. La limpio y sintió que por fin descubriría que se escondía en su casa. se acercó a la primera puerta que daba jardín coloco la llave giro, pero no abrió, intento una por una las cinco habitaciones, pero sin suerte. Se sentó en la cocina, miro una y otra vez la llave, comió una tostada y al levantar la vista vio la cortina que nunca se había corrido, Salvador la miraba sentado, ahora no la siguió, como si supiera que no debía pasar de ahí. Una pequeña puerta de hierro la sorprendió, coloco la llave y abrió. Una mesa larga con mapas antiguos, fotos en las paredes con personas desconocidas para Ana, escritos en otro idioma, recorrió la habitación asombrada, cuando estaba por salir en la pared había una nota que decía. Si lograste entrar, vas a conocer la historia de tu familia, la casa es un refugio lleno de recuerdos que los contaran todos los niños algún día. Lo importante no es la casa, sino lo que cuenta.
Lo posible
La tarde es cálida, Platón, su gato, pasea por el respaldo del sillón. Juan con su cigarro, el libro, el vaso con hielo y whisky está sentado en el jardín. Él da clases de filosofía. Leer y el cine documental son sus mayores placeres, sin dejar atrás a Marta, su gran amor. Ella es médica y viaja a exponer en congresos, ya está cansada de tanto avión.
Juan llega a la universidad, y siempre con alguna pregunta. ¿Qué es permanente en la vida? Diría Derrida. Algunos se asombran, otros se atreven a debatir mientras él camina entre las sillas y los mira a los ojos.
Ese día mientras cruza Callao por la avenida Santa Fe, se detiene en una librería. El libro de Derrida lo sorprende, frunce el ceño, se pregunta qué es permanente en su vida. Había algo que lo molestaba, que no podía desanudar, se rasca la barbilla y sigue su andar lento. Al abrir la puerta, Platón le lame los zapatos, Marta ya había preparado las tostadas, el té en unas bellas tazas de porcelana alemana que había traído de Berlín.
_Juan, dice Marta
_ Mi amor, estoy solo para ti, dime, sonríe
_ Hay un congreso en Grecia y quisiera que me acompañes
Juan empalidece, en pocos minutos está rojo y no puede emitir palabra. Platón lo mira fijo, se tumba panza arriba, Juan lo acaricia, Grecia gatito querido. La respiración de Platón se acelera, infla y desinfla cada vez más rápido su panza peluda, las orejas se mueven hacia adelante y en minutos se para en sus dos patas, salta sobre Juan que está transpirando y descansa en sus hombros.
_ Conocer Grecia, es tu mayor deseo, dice Marta. Juan asiente con la cabeza, sus manos tiemblan. Se acerca a Marta, la abraza por detrás, te amo, le murmura al oído. Ella lo acaricia. Las sensaciones que corrían por su cuerpo se van calmando. Se sienta frente a ella, la toma de las manos, le hace rulitos con el pelo.
Silencio.
_ Estoy cansado, dice Juan
En la cama, con sus anteojos puestos, el libro abierto, pero sin leer, así Marta no le preguntará nada y se dormirá. No puede dejar de pensar en Atenas, el Partenón, pisar esas calles y ver como el mar se va comiendo el sol. Levanta la vista por encima del libro y se asegura que Marta duerma. La emoción de imaginarse en aquel país es como abrazar la cuna de Sócrates y Aristóteles. Los lentes se le resbalan.
La cama comienza con un leve movimiento como si fuera una hamaca, así es el despertador de esta gente. Giran en la cama y se enfrentan las miradas. Comparten un desayuno sin hablar y casi sin sentarse a terminarlo, Marta se despide con un beso que apenas lo roza. Juan lava las tazas, pone en el platito de Platón su comida y tan solo al escuchar el ruido de las pelotitas el gato brinca a la mesada.
Juan se apoya sobre el mármol y lo mira, qué hacemos con Grecia, viste la cara de Marta, ella siempre quiere la respuesta ya y faltan dos meses. Platón lame sus bigotes, le muestra los dientes y gruñe. Otro que me apura. Le estira la cola con el deseo de colgarlo de algún mueble y lo deja en el piso.
Se viste con su pantalón negro, chomba gris, zapatos náuticos y un saco. El cigarro en el bolsillo. Mientras camina hacia la plaza lo enciende, hace jueguitos con el humo y mira como los círculos se van abriendo y desaparecen. Llega al bar en el otro extremo de la avenida y le pide al mozo lo de siempre, se rasca la barbilla y vuelve a la pregunta.
Algo no termino de parir.
" Llego al aeropuerto, despacho las valijas, saco el libro y mientras Marta compra café, leo. Paseamos por el free shop, miramos la hora de embarque y en los cómodos asientos de primera clase, armo mi cama, pido un whisky y en dieciséis horas llego a conocer mi otro amor."
No, no puedo.
Es diez de abril. El avión que despegó de Ezeiza rumbo a Atenas se incendió en el aire. No hay sobrevivientes.

Papá decía
El día está frío y no tener que madrugar es el
mejor plan. Si no me baño ni me saco el
piyama, el placer es infinito. El café está caliente y las tostadas, esta vez,
no se me quemaron. Mientras suena "aquellos
locos bajitos" te miro y te extraño. Me acuerdo la primera muñeca que me compraste,
ahí está la caja que forramos, una y otra vez. Me da tristeza saber que no estás
pero me alegra todo lo que compartimos. Aunque con papá no era igual, él salía
después de cenar y cuando volvía, muy tarde, hacía un ruido extraño. Una vez lo
vi, escondía un arma. Siempre para cuidarnos, decía. La caja forrada de barbie está
llena de fotos, las tiro por el aire y un doble fondo se abre. Qué extraño. Hay
dos sobres muy bien cerrados. Apoyo la taza en el piso. El calor invade mi
cuerpo, el aire se corta, vuelvo a leer. Por qué hoy, la miro fijo, por qué
nunca me contaste, por qué no tengo a quien preguntarle nada. Por qué no son
quienes yo creía.

Toc Toc
Pedro, con sus guantes de látex azules, que guarda desde que hacía prótesis dentales, con la lavandina, el cepillo y un trapo limpia su baño. De ahí va al comedor, repasa sus muebles. Saca la cera de una lata, tira unas gotas y con los patines lustra cada maderita. La cocina es otra atracción fatal que tiene, la esponja metálica sumergida en detergente, las hornallas en un recipiente con desengrasante y un líquido aromatizado, pino, para el piso.
Vive solo desde hace ya quince años. En ese entonces conservaba su rutina, el trabajo, la puntualidad, preparaba su cena al volver y limpiaba el fin de semana. Hoy sus días son interminables.
Es solitario, lector y de largas maratones de series en la televisión. Pasan días enteros en los que no emite un sonido. Cuando se baña vocaliza para ejercitar sus cuerdas vocales. Sus hijos viven fuera de la ciudad y a sus nietos los ve más por camarita que en asados.
Los martes levanta la ropa de cama y junto con las toallas las lleva a la lavandería. Al llegar ahí sonríe, Ana lo recibe afectuosa y charla con ella sobre la vida, la escucha y la jovencita le pide consejos para superar diferencias con el dueño del negocio. Ese día se siente pleno y querido. Es su única interlocutora. Las paredes y sus cuadros son para mirar, pero de ninguno se escucha palabra.
Es una noche fría y silenciosa cuando Pedro regresa después de una cena en el bodegón de la esquina. La niebla envuelve las calles y los ruidos de la ciudad parecen apagados, casi inexistentes. Al llegar a su puerta, algo insólito llama su atención una caja abandonada, de un tamaño considerable, en el umbral de su entrada.
Es inquietante la manera en que está sellada. Un cordel grueso de varias vueltas y un nudo muy apretado. No tiene ningún remitente. Mira a su alrededor y no hay señales. Acerca su oído, coloca sus manos atrás, agacha su cuerpo y no se oye nada.
La tentación de descubrir el contenido es mayor al temor. Levanta sigiloso la caja, llama el ascensor con el codo, cierra las puertas con el pie. Apoya la caja contra la pared y la sostiene con su panza, abre la puerta de su casa y la caja queda sobre la mesa.
Se saca la ropa, entra a la ducha, y vocaliza para escucharse, como cada vez que se baña. Con el tallón envuelto a su cuerpo se asoma a mirar la caja y vuelve a vestirse. Camina en puntas de pie.
¿será para mí.?
Trae un cuchillo corta el hilo grueso y lentamente va abriendo las solapas de la caja, otra caja más pequeña de color rojo con una inscripción, "te estoy mirando", sale al balcón, mira a su alrededor las persianas están todas bajas, se asoma por la cocina, no ve nada. Corta el segundo hilo y hay una tercera caja pequeña sin atar. La abre, saca un papel que esta doblado en cuatro. La frase está escrita en circulo.
La mira, la gira.
¿SI cantamos juntos?

DENGUE
Llego al lugar después de dar varias vueltas con el auto para estacionar. Entro, el señor me pide un número y le doy el del documento. Me mira.
_No existe
_ Acá estoy, soy yo
_El número con el que se registra acá, dice
_No lo se
_ Allá en esa máquina lo encuentra y vuelva
Mis piernas se arrastran, el mundo parece girar dentro de mi cabeza y no llego. La señorita que ve mi palidez me ayuda.
El señor me lo recibe y me dice que suba al segundo piso, sector B. El ascensor me deja en el otro extremo. Camino por el largo pasillo hasta el cartel B. Una sala con unas cincuenta sillas casi todas ocupadas.
La gente esta tan pálida como yo. Todos tomamos agua, todos nos desecamos.
La doctora me hace unas preguntas y me dice que me van a poner un suero.
Salgo a la misma sala, algunos dormitan, otros se desvanecen, se escuchan gritos pidiendo ayuda.
La enfermera me coloca el suero, las piernas se van aflojando cada vez más, bostezo. El cansancio le va ganando a la fuerza y otro análisis para finalmente quedar internada.
El sanatorio está colmado, no hubo un tsunami, no estamos en guerra, mi camilla fue empujada a una pared en el hall de la guardia, al lado de otros con diferentes dolencias. Mi vecino inspira y expira como si fuera la última vez, otro con los brazos que cuelgan de la camilla al piso. Desolador. Quiero salir corriendo. Los médicos toman café.

Amargos
Sale al balcón, busca el equilibrio.
Un vestido largo fucsia de escote pronunciado, zapatillas negras y un sombrero. El espejo está colgado sobre la medianera y de ahí ve lo raudo y veloz que pasan los autos por la avenida. Los ruidos de las bocinas encienden su adrenalina, se prueba un collar, gira saluda al aire. Se baja los breteles del vestido y la mitad de sus pechos asoman de una remera ceñida. Se sube la calza hasta la cintura. Sonríe mientras se mira de adelante y de atrás.
De un cuarto piso se ve a una mujer con la cabeza colgando sostenida a la baranda con sus pies, agita sus manos saluda a la gente que pasa por la vereda. La sonrisa no se le borra.
Mira esas cabecitas levantadas con ojos abiertos como faroles y celulares filmando.
Se incorpora, levanta un aro rojo lo pasa por su cuerpo y lo clava en la cintura, baila el ula ula, y deja caer una pierna al vacío. El viento sopla cada vez más fuerte . El sombrero vuela, medio cuerpo cuelga y se hamaca.
Camina con una pierna y una mano apoyada en la baranda mientras con la otro saluda.
Soy Libre.
Los gritos no cesan. Sus labios carnosos se estiran en una hermosa carcajada mostrando sus dientes parejos y blancos.
Loca, le gritan. Se baja la remera, hace una reverencia.
_ Los quiero, saluda con la mano en alto.
Levanta su copa que refleja al sol.
. Las sirenas se oyen demasiado lejos.

LENGUA DE EXTRANJERO
El extranjero camina hacia el gran lago. El sol agoniza. Los relojes marcan segundos eternos. Los amores se besan por última vez. Es hora del crepúsculo. Sólo una chispa de fe. Calles segregadas, miradas cargadas de desprecio. El extranjero, en su lengua, busca refugio. Los lugareños, alimentados por su odio, lo expulsan. Avivan el fuego y marginan a aquellos que son diferentes. La naturaleza suspira su aliento final. La ciudad se hunde en la oscuridad. Un sólo árbol queda en pie.
OTRA MIRADA

El sol cae lento mientras el cielo celeste lo recibe para dejar asomar la luna. Es un atardecer de verano. Las plantas tienen un verde brillante y la leve brisa sacude mi cabello. Con los ojos entreabiertos, siento como los cachetes reciben la caricia del viento que cede al furioso calor del día.
Un ruido me sobresalta.
_ Hola. Si, soy yo, estás segura, gracias.
Sólo silencio a mi alrededor. El balcón, iluminado. Acaricio el cactus y las hojas del potus se hamacan al compás de la corriente.
El rock nacional me transporta a los momentos de inconciencia sin más responsabilidad que estudiar. Mi cuerpo se mueve. Los pies se cruzan, los brazos giran por el aire sumergida en el disfrutar lo impensado. Saltar y cantar, la cabeza sube y baja, giro sobre mis talones una y otra vez. Los cachetes recobran lo rojizo. Las gotas se agolpan en la nuca y caen por la espalda. La remera se moja, los brazos parecen encremados. Dijo que era yo, era yo.
En la pieza, me miro al espejo.
_Hola. ¿Viste?
_Qué, no me contaste
_Soy yo
_ Si, te vi bailar, saltar, seguís siendo vos, la que anda tras los sueños
_Soy yo la que cada día se prueba cuánto más dar
_ ¿Para? Ya no tenés que bregar por rendir, podes flaquear
La miro, las cejas se juntan, qué me dice. No sería yo.
_ Relajá, el cactus pincha menos, hay más corona que espinas, creció
_ Mi cabello está blanco, mis pechos no tan turgentes, los jeans menos ajustados, ya no fumo.
Soy yo.
47110
Vimos amanecer dos veces.
-Nos caemos, nos caemos, gritaba Denise durante las turbulencias.
Desde el hotel ubicado en una colina se ve el puerto y el agua transparente del océano. Entro a la cabina, disco los números en uno de esos antiguos teléfonos que traen mi infancia a la memoria.
- Aló
-José
-Soy Raquel y tengo una carta para vos de Argentina
-Dónde te ubico para retirarla, se lo escucha con emoción, casi se le pueden ver los ojos vidriosos.
Paseamos por San Francisco en el trolebús, las calles en pendiente nos dejan ver el cielo y al instante el precipicio. Llegamos agotados al hotel después de un largo día. Nos sentamos a cenar, volqué la copa de vino manchando el mantel cuando sentí una mano sobre mi hombro. Raquel, soy José, te reconocería en medio de una manifestación. Sonreí, le di la carta que me habían dado y con un tierno abrazo me susurro al oído, dale un beso fuerte de mi parte y decile que aún hay tiempo. Mis ojos acompañaban ese sentimiento y lo vi salir, caminaba lento casi como arrastrando la vida
Mis abuelos vinieron escapando de Polonia con tres hijos, dos mujeres y un varón, el benjamín de la familia nació argentino, mi papá. Mi abuelo fabricaba camisetas de interlock en una pequeña pieza mientras sus hijos cursaban la escuela.
Un día 28 de diciembre de 1951 mientras la familia reunida escuchaba la radio gritaron los niños cantores _"47110" y mi papá tenía el billete ganador. De la Singer a pedal pasaron a las ruidosas máquinas de cientos de hilados de antron. Así nació la fábrica. Las costumbres y tradiciones judías se respetaban a rajatabla y había que casar a los hijos por orden de nacimiento.
Don Corleone, así lo apodamos los nietos a mi abuelo, daba lección de ética y buenas costumbres con su dedo índice en alto. Y cómo iba a tener una hija soltera a los 23 años. Le presentaban cuanto hombre judío la casamentera encontraba y si no tenía mucha plata mi abuelo ya se encargaba de ponerlo a trabajar.
_ Sos una solterona, le grito mi abuelo. Fue una sola vez en medio del recibimiento del Shabat.
Ella no tuvo más opción que aceptar después del ultimátum a un marino mercante, morocho, alto, peinado para el costado con un sombrero negro. Así se presentó ante mi abuelo quien al verlo dijo algo así como "con este goy no te vas a casar".
_ Nací en una familia humilde, me crié entre marineros, pero no soy goy y se lo puedo demostrar, le contestó aquel pobre marino sacándose el sombrero.
_ Tampoco tanto, contestó mi abuelo, creo sonrojado por primera vez.
Gracias
a ese encuentro mi mamá y mi papá se pudieron casar.
José lee la carta, aún reconoce la letra después de muchos años. "…. El parque donde nos encontrábamos tiene los bancos pintados de rojo, los chicos siguen corriendo como entonces sólo que ahora yo me siento a mirarlos y a veces me parece verte ahí escondido con la mano en el bolsillo o sacándote un moco pegado sin que me diera cuenta. Te acordás de Antonio que nos regalaba los chicles bazooka, y del día que tu mamá nos hizo un sándwich de salame y queso y nos decía que cuando nos casáramos recordaríamos aquellas meriendas.
Y mi delantal abotonado atrás con un moño enorme que vos me ayudabas a poner antes de volver a mi casa para que mi papá no se diera cuenta. Mi vida sin vos dejó de tener sueños y todavía me arrepiento de no haberte seguido. Mi papá me inspiraba miedo y cuando decía, si un hijo mío se casa con un goy lo desheredo y después me mato, yo no podía cargar con esa culpa. La foto trepados en la casa del árbol sigue adentro del libro de Corin Tellado, este tulipán envuelto en papel celofán lo cuidé estos cuarenta años y cada día que lo acaricio es como tenerte un poco más cerca, hoy quiero compartir con vos un poco de esta flor para que cuando yo la mire, nos miremos. Querido José no podemos recuperar el tiempo sólo no olvidarnos. Mis hijos están grandes y ya soy abuela. Aún te amo."
Todavía escuchamos y sí, vemos el dedo índice en alto de mi abuelo.
-¿Jugaron al 47110, chicos?

PASO A PASO SE LLEGA
Desnudez
Un poco de fresco, de viento, algo. Amanece, ni miras de nubes. La arena se
calienta. El hotel sólo tiene ventiladores de techo y el aire es cada vez más espeso.
Las sábanas están tan mojadas que él decide desayunar afuera, con la sombrilla
orientada hacia el este puedo hacer un asado durante la mañana, piensa.
En la carpa que está frente al mar hay tres parejas jovencísimas con muchos hijos.
Los hombres están en malla y las mujeres vestidas.
Ellas colocan las sillas en semicírculo mirando las olas. Sus largas polleras rozan la
arena, las camisas abotonadas del cuello a la cintura, sólo se sacan los zapatos. El
calor es agobiante. Charlan mientras los maridos juegan al truco y los pequeños
corren por la orilla. Entran al mar en manada y llaman a los niños que nunca dicen
que no. A veces, las chicas se acercan a mojarse los pies y vuelven a sus sillas.
Siempre se sientan en los mismos lugares. El semicírculo es igual cada día, los
precios del supermercado y qué cocinarán cada una esa noche son el tema.
A las doce en punto se paran, abren el librito y acompañan la lectura con
movimientos de todo el cuerpo, hacia adelante y hacia
atrás.
Luego preparan la mesa para almorzar. Una de ellas se rasca mucho la cabeza,
con ambas manos a los costados por encima de las orejas y parece que el cuero
cabelludo se mueve.
Como si tuvieran un reloj en el estómago, los hombres llegan con los niños.
Ahí, comienza la comilona. Las mujeres los atienden. Hablan todos a la vez.
Los que comparten el patio en la playa tienen un show extra cada mediodía.
La tarde se vuelve negra. De lejos se ve el cielo cada vez más gris y
una leve brisa comienza a soplar. Las mujeres que siempre permanecen sentadas
se levantan a llamar a los niños para abrigarlos y en un segundo se ve en la arena
una peluca que vuela, y cerca de la orilla otra y otra más allá y las mujeres que
buscan a sus niños corren. Son las pelucas voladoras, no pueden
atraparlas, el viento hace remolinos, la arena se levanta, entra en sus ojos y los
pegotea. Las pelucas corren solas. Ellas desesperadas se tapan su propio cabello
con las manos, las pelucas llegan al mar. Las mujeres se las prueban pero
imposible identificar la propia mientras el viento se las vuelve a sacar.
La lluvia cae y llega el alivio.
Al otro día, la carpa que mira al mar está vacía.

ACIDEZ
A la mañana porque el medico dice que es sano tomo un jugo de limón, mi esófago a la hora me pregunta si soy masoquista, el ardor como un incendio que brota de mi cuerpo no me deja emitir palabra. La leche, el agua no hacen efecto, cada líquido que entra sale como el hombre del circo que se traga un palo encendido.
Ahí llega, de lejos no se lo ve tan mal, saluda, se sienta. Un reflujo sube desde el esófago, amargo, como el limón sin madurar, verde, que no tiene aroma. Por qué no me conto que no es amigo del odontólogo y los postizos bailan en su boca mientras habla, como un ventrílocuo, su lengua entra y sale de la boca saboreando nada alrededor de sus labios. La acidez es más pronunciada y el café que está servido es intomable. En breve le pido me lleve a una guardia o mejor le digo que estoy descompuesta y huyo, ya no lo oigo, habla solo, divaga sobre su vida sin una pausa. El jugo llega a mi boca, me levanto, voy al baño por otra puerta.
Por qué grita tanto, no debe tener hijos y tampoco gastritis, le pido que baje la voz, ella no escucha, sigue diciendo que no lo volverá a tolerar, que es la última vez que le permite la entrada al aula. Mis nervios están por explotar y ella no conoce lo que puede pasar.
El calor en mi cara se hace visible, roja, la respiración se acelera. El maldito acido esta por subir a mi boca. Ve que comienzo a transformarme y la única manera es devolverle los gritos para calmar el incendio que siente mi garganta que quema, camino hacia la ventana y ella se calla. Giro sobre mis talones la miro profundo acerco mi cara a su cuerpo y le vomito.
MI PRIMER MUÑECA
Pamela llegaba a mi caminando, rubia con un vestido rosa que le tapaba las rodillas. Era casi tan alta como yo.
Cuando la sentaba en mis rodillas era pesada, se dejaba peinar, desvestir pero no me respondía. Yo le gritaba pero nada. A la noche la acostaba a mi lado y ella terminaba durmiendo en el piso.
En la espalda tenía una cajita difícil de abrir y mis papas me habían advertido que eso no se tocaba. Solo podía tocar un botón y llevarla a pasear conmigo.
Un día me pare frente al espejo no podía ver mi espalda, buscaba el botón que me ayudaba a caminar para apagarlo y descubrí que no tenia nada. Parada sobre la cama de mamá y ya sin la ropa en cuatro patas mire por el medio de mis piernas no veía botones. Mi cuerpo era derechito sin cajita.
Mientras mis papis dormían la siesta en el balcón detrás de una maseta muy alta la llevé a Pamela, le saqué la ropa y abrí la caja. -Tiene pilas grité tiene pilas. Se despertó mi papá me retó mucho. Yo quería ponerle las pilas en la boca para que me hablara.
PLUMAS

El pájaro aletea su plumaje amarillento, camina alrededor de la paloma y comen las migas de pan cerca del árbol, la paloma abre sus alas negras y blancas y junto con las amarillas se pierden por lo alto.
En un palo atadas, "negras y blancas" pasean por los muebles y como cosquillas sacan a volar el polvo por donde pasan, sin dañar la suciedad que corre de un lugar al otro.
Sacudo ese ramillete y parado en una maseta parece una planta que mece sus hojas al viento. Violetas, rojas, verdes unidas en una suave chalina le dan color a su pálida cara de frio.
Una cae al piso, agarro el palito y le cambio su forma, separo las plumas y abiertas pasan por mi nariz y me hacen estornudar. Acaricia los párpados el cuello con ternura. La pluma amarronada, erguida de su chambergo negro luce en su esbelto cuerpo que pasea bamboleando la cintura.
Margarita Hotel

"Busco señorita solo para sexo, no pago, sin compromiso, confirmar vía mail"
Ana leía el diario buscando trabajo, y debajo de la noticia de un terremoto cerca de su ciudad vio el aviso. Se restregó los ojos, pensando que había leído mal, pero no, lo repitió en voz alta palabra por palabra.
Ella vivía sola, había viajado a una ciudad más grande para desarrollar su profesión, lejos de sus padres y hermanos. Por momentos sentía la soledad en la piel.
La idea del aviso seguía girando en su mente, algunos de sus principios de vida, que le habían inculcado no condecían con decidir responder el mail. No conocía a nadie y eso dolía en el cuerpo y esto era una aventura para disfrutar de un momento de sexo.
Miraba por la ventana, la nieve caía y las copas de los árboles eran blancas, veía pequeñas montañas de nieve mientras lo incierto invadía su pensamiento. Si el señor no me gusta al verlo, salgo corriendo, si al desnudarme él se va, y así una tras otro llegaban las dudas.
Se recostó en el sillón, se tapó con una pequeña manta y se durmió. Al despertar ya era otro día, el sol había derretido la nieva y salió a realizar dos entrevistas. Si consigo trabajo contesto el mail.
En el primer lugar la aceptaron dado que sus recomendaciones eran muy buenas. Le asignaron un escritorio.
Caminaba contenta por sus logros con sus botas amarillas, decidió comprar algo de comida y responder el anuncio.
El hombre le escribió "nos encontramos a las 17 en el Margarita hotel, habitación 107, no responderé ni haré preguntas. Las luces estarán tenues, nos diremos hola y concretaremos nuestro encuentro".
El mail tenía una firma y un remitente de fantasía, pensó Ana, seguro no es la primera vez que lo hace.
Se sentó en un bar cerca del hotel, tomó un café, el frio cortaba la piel y la bebida caliente la animaba más. No vio a nadie entrar al hotel en ese tiempo. A las 17 en punto cruzó subió las escaleras frías de mármol, con el mismo frio que recorría cada rincón de su cuerpo, el miedo, la ansiedad le producían chuchos y su piel estaba blanca como la nieve.
Golpeo la puerta y cuando respondieron "entre". Ahí estaban frente a frente, ninguno emitía palabra, él se sacó la camisa ella el saco y la remera, él se bajó los pantalones y la espero en la cama, ella con su ropa interior puesta se acostó a su lado, él comenzó a acariciarla, suavemente, recorrió su rostro con dos dedos mirándola fijo a los ojos, acaricio el cabello. Bajó por su cuello hasta desprenderle el corpiño, ella acompañaba con leves movimientos de su cuerpo, la giró, masajeo su espalda lentamente se detuvo en la cintura unos instantes, acercó sus labios con los que le bajo la bombacha, así le recorrió las piernas hasta tirarla al piso, puso una mano en cada pierna y acariciando fue subiendo, ya en su cola la giró, la miró profundamente a los ojos y ella asintió. Sentía su cuerpo unido al de él, la respiración de ambos se aceleró.
Pasados el instante sexual, se vistieron y con un chau se despidieron en la puerta del hotel. Ana vivió algo más que un acto sexual, quería volver a verlo, saber de él, pero no había sido lo pactado.
Al día siguiente llegó a la redacción y escribió un artículo sobre su historia. Si algún lector se identifica con ella esperamos nos cuenten.
La llave
Todas las noches antes de dormir, Diana se sienta a escribir en su diario. Tiene la llave colgada al cuello, no se la saca ni para bañarse.
Esa noche no era como cada noche, ella estaba segura que la madre no sería capaz de husmear en su privacidad pero escribir lo que había vivido le daba un poco de vergüenza y miedo.
Estuvo en la escuela muchas horas y en los recreos se había encontrado con compañeros de otros años. Escuchar las historias de los más grandes le provoca una emoción de sólo pensar que algún día ella vivirá lo mismo.
Pero nunca imagino que este llegaría tan rápido. Sentía que un fuego le quemaba por dentro y no podía escuchar a la profesora de lo aturdida que estaba. Sabía que su amiga la había visto y eso le daba aún más pudor. Necesitaba hablarlo con alguien, contarlo, pero su amigo el diario podía delatarla.
Pensó a quién recurrir. Caminaba lentamente cuando encontró la solución. Entró despacito.
Se arrodilló y lo compartió con Dios.
ME ENAMORE DE UN PEZ

La arena está cada vez más caliente, no hay dónde resguardarse, estiro la lona y me acuesto mirando la inmensidad del mar.
Dónde terminará, allá a lo lejos pasando las escolleras que dividen una playa de otra. Veo unas brazadas de alguien nadando, tiene un traje gris, sus brazos parecen grandes aletas que se esconden debajo de cada ola y al saltar reaparecen.
Espero para verlo salir, su habilidad y destreza me seducen pero sigue nadando mar adentro y se corre de playa.
Pasan pocos días y siempre está ahí, en uno de sus saltos llego a ver que sus ojos, son oscuros, la intriga crece solo hay una solución, me paro al borde de la escollera y a pesar del miedo, me tiro al agua, nado unos instantes cuando lo veo del otro lado, mi cuerpo comienza como a afinarse y al mirarme hacia atrás tengo una cola larga con escamas verdes y plateadas que aletea, no veo la bombacha de la bikini, nadando llego a él, pasó su aleta por alrededor de mi cuello y seguimos mar adentro.
El pájaro mira

Sentarse en la plaza mientras el sol de otoño aún calienta las manos, ver a los niños correr, treparse. Una mujer a lo lejos insiste, insiste al pequeño para que tome la leche, un nene patea la pelota a un arco sin lograr embocarla. Los pensamientos giran en la cabeza, deseos no alcanzados. El jefe que siempre espera que rindas más, los hijos que a la hora de la cena se acuerdan que tienen madre.
Allá en la copa verde frondosa está él, mirando. Qué pensará. Sabrá que es vivir acá abajo, y mientras salta de rama en rama baja a caminar alrededor del banco, corre abriendo sus alas al ver las migas de pan que se le caen a la abuela.
Libre. Pasea.
Si pudiera elegir ser pájaro.
Ahogo

Cada vez más apretados. No hay ni un hueco para acomodarse en el colectivo.
La mano de la señora pasa por encima de mi cabeza mientras hago malabares para llegar al pasamano y no caerme.
Las bocinas de los autos aturden y el olor de la piel a humedad de la pared del placard, a rancio por la transpiración después de un día de trabajo, del que te aplasta contra la persona que está sentada, eso para llegar al timbre y bajar.
Ya falta menos para respirar, las ventanas cerradas y el aroma se mete cada vez más por la nariz, el aire falta, ya llego, empiezo a pedir permiso, empujo, codeo, toco el timbre.
Luz roja, se detiene el viaje.
Vomito
Como entonces

Ya son las 20.20. Entra la enfermera.
Un día más para recordar que termina la hora de visita. Salgo por la puerta lateral donde me mantengo escondida durante los minutos que lleva la ronda por el piso.
Al escuchar el ascensor abro sigilosamente la puerta y vuelvo a la pieza. Sé que hasta el desayuno ya nadie vuelve.
Prendo la tele, miramos un programa de competencia de canto y jugamos una guerra de canciones. Ella está algo cansada, la posición de estar acostada constantemente no la deja respirar con comodidad.
Te acordás cuándo jugábamos en la playa, hacíamos un pozo en la arena y lo tapábamos con la lona para que alguno de nuestros primos se cayera. Las dos sonreímos cómplices. Cuándo tocábamos la guitarra en los actos del colegio y en las reuniones familiares les atábamos los cordones a unos con otros por debajo de la mesa.
Nos miramos y sin hablar los ojos cuentan cuánto nos queremos.
El bostezo se acentúa cada vez más y decidimos dormir. La silla es muy incómoda, el respaldo es rígido y tiene dos barrotes donde la cola entra a presión. La acerco a la mesita de luz, pongo mi brazo como almohada y ahí dejo caer mi cabeza, mientras la otra mano se aferra a la de ella.
A las seis entra la mucama y deja el desayuno sobre la mesa, suelto la mano, voy al baño me lavo la cara y estoy dispuesta a ayudarla a tomar el té.
Ella sigue en la misma posición. Dormida.
Me acerco. Su mano ya no esta tan caliente como a la noche, me arrimo a su cara, le doy un beso y ya no despierta.
Hoy hace un año que nos despedimos recordando nuestra infancia. Jugamos como entonces.


